miércoles, 10 de febrero de 2016

Nunca estuve para esos trotes


Hay muchos que dicen que la edad no se lleva en el cuerpo sino en el alma. Así, aunque el calendario diga que uno es matusalénico, si el sujeto en cuestión se siente un pibe, entonces lo es. 
De ser cierta esta afirmación, yo nací con aproximadamente 40 años por lo que, al día de hoy, ya debo andar por los 70. 
No exagero. La vida empezó a interesarme desde que tuve la capacidad de hablar y luego, más aun, la de leer y escribir, porque de otro modo me aburría. Tengo el recuerdo de que, a mi edad cronológica de 8 años, me pasaba tardes de domingo sentada frente al equipo de música tratando de entender a Silvio Rodríguez cantando '...quién se atreve a decirme/que debo arrepentirme/de la esperma quemante que me trajo."
A la edad en que los adolescentes quieren salir a bailar, yo soñaba con los viernes a la noche para desvelarme viendo un canal de películas de autor. No me gustaba la velocidad ni el vértigo, nunca me interesó 'probar para ver', el eslogan de mis pares. 
Jamás me interesó vivir al límite, ahogarme en antros de mala muerte, insultar a un policía, besar al novio de otra. 
No es que no hiciera estupideces, tengo una buena lista de ellas, pero siempre las hice sabiendo que lo eran. Quiero decir que surgieron del afán consciente de arruinarme, que es lo que hacen los adultos cuando se sienten tristes y miserables: dar lástima.

A mis casi 30 años de calendario, mi espíritu siempre viejo está más viejo que nunca, y ahora también el cuerpo se me retoba. Debo pensar dos veces antes de las tercera cerveza y las mezclas etílicas se me dan cada vez peor. La espalda me llora si paso un par de noches en un colchón que es el mío, y la acidez me arde en la garganta como el sol del enero tucumano.
El cofre de mi alma antigua empieza a deteriorarse por las esquinas y ese es el único viejazo que me preocupa. Por lo demás, nunca estuve para 'esos trotes' y ni falta que me hace.
Me gusta silbar bajito, los lugares con poca gente, la calidad a la cantidad, y los planes de películas y abrazo. 
Como a mi amigo Ale, el de la canción, no me molesta terminar un sábado a la noche en La Royal, o alguna otra confitería de viejos, y si suben la música, me voy.




viernes, 5 de febrero de 2016

María, los helados y mi impericia


La mamá de María hace los postres helados más ricos de Tucumán. Ya la mamá de la mamá de María los hacía en aquel local angosto y largo, como suelen ser las heladerías, de la calle Salta a donde me llevaban mis padres alguna que otra tarde.
Por razones que desconozco, el local dejó de funcionar y tanto Rut, la mamá de María, como su madre y la misma María empezaron a vender los postres desde la casa, a pedido. Tres mujeres y los mejores postres helados de la ciudad.
Esa hubiese sido una linda nota de color, una para los potenciales turistas interesados en este norte o para los nostálgicos que, como mis padres, llevaban a sus hijos al viejo Sasor. Sin embargo, la noticia fue otra.

El día que fui a ver a Rut a su casa para entrevistarla olvidé que no tengo ninguna cancha en estas cosas y que mi anhelo de escribir se apoya más en los almohadones de la poesía que sobre el duro cartón del periodismo, duro y real. Salí con la humedad pesada sobre los huesos y unas ganas contenidas de llorar, como al final de una película triste pero sin película.
Ese día la mamá de María me contó cosas que yo ya sabía, las más terribles, y otras de las que no tenía idea, dulces, suaves detalles. Fueron estos últimos los que me quedaron dando vueltas, amontonándose para taponearme la garganta todas esas cuadras desde la casa d Rut hasta la mía. Como que a María le gustaba escribir poesías, como que era callada y para adentro, como que su habitación a donde estuvimos charlando con Rut, estaba pintada por ella, como que escuchaba a Pedro Aznar. Yo iba preparada para escuchar hablar de abogados y juicios, de cifras sobre el femicidio, de perversos. En cambio, me encontré con una madre que hablaba de su hija con una admiración que no cae en la mitificación, que mientras da un beso acomoda el cuello de la camisa, que sabe que en el amor cabe todo y defectos. 

Mataron a María en 2012 y más de dos años después escribí esta nota para La Palta, el colectivo de comunicación popular en el que colaboro. La historia se me quedó atravesada y nunca quedé conforme con lo que escribí, nada de lo escrito podía hacerle verdadera justicia a lo que yo sentí esa tarde mientras escuchaba a Rut, la mamá de María, que hace los postres helados más ricos de Tucumán.

Aquí la nota que nunca me conformó.

miércoles, 13 de enero de 2016

Marcianita y yo

El siguiente texto forma parte de un pequeño compilado que hiciera hace un par de años bajo el nombre de "Marcianita (apuntes de este mundo)", en un rapto de amor y de ganas de contarlo. Hoy me dio por compartirlo, como quizá luego comparta otros de los textos que componían este pequeño librito manufacturado
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Marcianita y yo

Han de saber que hay 6 cuadras, a decir suyo, entre la marcianita y yo.  Digo que es a decir suyo porque yo no sé contar y poco me importa aprenderlo a esta altura de la vida.
Seis cuadras en argentino quieren decir aproximadamente 600 metros, que bajo el sol siempre parecen más y, de su mano, siempre menos. Seis cuadras y un tren de los pocos que todavía pasan por esta ciudad, levantando tierra y haciendo quetrén quetrén entre la marcianita y yo.
El día exacto en que cayó en este planeta, no sabría decirlo, pero estoy segura de que así fue. No podría haber llegado de otra forma más que cayendo brusca y aceleradamente: no sé si ser atolondrados es un atributo marciano pero sí que lo es de ella.
Cayó por aquí y desde entonces los intercambios culturales entre su planeta y el mío han sido cada vez más frecuentes, más sólidos y, perdón por la verdad, caóticamente hermosos.
En años mundanos, la marciana es menor que yo, y eso la hace inmediatamente una marcianita a mis ojos, aunque en su planeta los años se cuenten en otras cosas, como en luces quizá, y tengamos ambas las mismas luces encima.
De sus manos chiquitas he aprendido ciencias y tonteras, secretos de cuna y desastres de gente grande: los marcianos cuentan cosas con el tacto, enseñan de un roce o una caricia, como hace el viento. Yo puse mi cabeza bajo sus manos y cerré los ojos. Cuando desperté había un mundo alborotándose adentro y su eco se me iba al pecho en un tambor que, reconocí, era ahora mi latido.
De mi mundo ella también se deja enseñar. Cruzamos francés con unos cuantos acordes y entre sueño y sueño le cuento que soy clase ’86 para que se ría con estruendo marciano y tiemblen las luces del alumbrado público. Quizá no sea mucho, pero es por mí que sabe algunas cosas de este mundo y las cuida y las siente como propias.
Ella dice que soy su humana preferida. Se rajan como bolillas los planetas, se embotella la Vía Láctea y yo no sé bien qué decir.

 A.J - Diciembre de 2013


Ilustración de Gaby Rubí.