Hay muchos que dicen que la edad no se lleva en el cuerpo sino en el alma. Así, aunque el calendario diga que uno es matusalénico, si el sujeto en cuestión se siente un pibe, entonces lo es.
De ser cierta esta afirmación, yo nací con aproximadamente 40 años por lo que, al día de hoy, ya debo andar por los 70.
No exagero. La vida empezó a interesarme desde que tuve la capacidad de hablar y luego, más aun, la de leer y escribir, porque de otro modo me aburría. Tengo el recuerdo de que, a mi edad cronológica de 8 años, me pasaba tardes de domingo sentada frente al equipo de música tratando de entender a Silvio Rodríguez cantando '...quién se atreve a decirme/que debo arrepentirme/de la esperma quemante que me trajo."
A la edad en que los adolescentes quieren salir a bailar, yo soñaba con los viernes a la noche para desvelarme viendo un canal de películas de autor. No me gustaba la velocidad ni el vértigo, nunca me interesó 'probar para ver', el eslogan de mis pares.
Jamás me interesó vivir al límite, ahogarme en antros de mala muerte, insultar a un policía, besar al novio de otra.
No es que no hiciera estupideces, tengo una buena lista de ellas, pero siempre las hice sabiendo que lo eran. Quiero decir que surgieron del afán consciente de arruinarme, que es lo que hacen los adultos cuando se sienten tristes y miserables: dar lástima.
A mis casi 30 años de calendario, mi espíritu siempre viejo está más viejo que nunca, y ahora también el cuerpo se me retoba. Debo pensar dos veces antes de las tercera cerveza y las mezclas etílicas se me dan cada vez peor. La espalda me llora si paso un par de noches en un colchón que es el mío, y la acidez me arde en la garganta como el sol del enero tucumano.
El cofre de mi alma antigua empieza a deteriorarse por las esquinas y ese es el único viejazo que me preocupa. Por lo demás, nunca estuve para 'esos trotes' y ni falta que me hace.
Me gusta silbar bajito, los lugares con poca gente, la calidad a la cantidad, y los planes de películas y abrazo.
Como a mi amigo Ale, el de la canción, no me molesta terminar un sábado a la noche en La Royal, o alguna otra confitería de viejos, y si suben la música, me voy.
Tu relato más personal, íntimo, sensible, relato con el que por momentos me siento identificado porque me recuerda que la juventud es el tiempo en el que uno tiene que vérselas consigo mismo... ¿Viste la película argentina de la década del sesenta Los Jóvenes Viejos? Era exactamente como nos sentíamos en aquel entonces. No en vano ese tiempo histórico fue la alborada de profundos cambios sociales-político-generacionales-contraculturales en un mundo en el que los jóvenes, su insatisfacción, imaginación y rebeldía, pasaban a tener mayor protagonismo... La película no resistió el paso del tiempo, es hoy vieja en su concepción y resulta bastante naíf su enfoque, de modo que no te la estoy recomendando, pero me vino a la cabeza mientras te leía y de ahí que quise recordarla.
ResponderEliminarTe entiendo. Te entiendo y te comparto. Eso que cuentas marca la diferencia entre el estar lleno o el estar vacío. Entre el tener inquietudes o tener agujeros. Entre ser auténtico o una oveja más del rebaño.
ResponderEliminarA nivel personal si te elegí (nos elegimos) como amiga, es justo por esa forma tuya de ver la vida y silbar bajito, de preferir un garito amable con un par de guitarras y poco público, y noches en vela diseccionando los diálogos de Los amantes del círculo polar.
En cuanto a la acidez y las vértebras achicadas, no hay mucho qué hacer. Forma parte de la experiencia y la sabiduría, del camino (como las piedras y los tropiezos) de la historia que al final cada uno repasa.
Decididamente uno tiene que vivir conforme a sus placeres y sus principios, y así se llegan a entender, tal vez sin darte cuenta, todas y cada una de las letras de Silvio.
Abrazo!
Boluda, no encuentro tu mail por aquí. Ya tengo la web, igual lo has visto en el face de Pat. Anota:
ResponderEliminargemmacantador@gmail.com
Salud!