sábado, 19 de diciembre de 2015

Descalzo y rubio


Hace unos doce años, mis padres participaron en el sorteo anual por las casas que tiene la Universidad para su personal en San Javier, las montañas verdes y frescas a media hora de mi ciudad.
Quiso el azar que ganaran (ganáramos) el mes de enero allá arriba. Casas espaciosas y con amplios ventanales, lugar para que los más chiquitos correteen y para que los más grandes tomen mates echados en reposeras mientras engullen novelas que el trajín del año no les ha dejado terminar. Naturaleza, silencio y la posibilidad de pasearse a cualquier hora en la más absoluta tranquilidad.

Yo tenía dieciséis años y una adolescencia que me llevaba a los empujones. Ya sabía que amaba escribir. Ya me conocía a bordo de una guitarra. Era tímida, no estaba enamorada, no tenía amigos del sexo opuesto por esto de haber ido toda la vida a una escuela de mujeres sin vecinitos, sin club ni nada de eso. Ese verano en San Javier se armó una pequeña pandilla de adolescentes que salíamos de caminata de día y hacíamos fogones de noche, mirando las estrellas sobre un azul profundo. Chicos y chicas de entre trece y diecisiete años, torpes para manejar el cuerpo y la palabra, encontramos en ese enero una tregua, un lugar donde guardar entre paréntesis toda esa locura de crecer, bajo la sombra de los árboles y entre el ruido de las cigarras.

Este año, luego de tantos, mis padres volvieron a participar y otra vez consiguieron hacerse con una casa. Fue inevitable que, mientras me lo contaban, la cabeza se me llenara de pájaros recordando ese verano de ser tan jóvenes y andar tan descalzos. Del primer amor, o algo muy parecido, y la vergüenza de mirar a los ojos. De un mundo hostil que quedaba lejos y allá abajo, entre las luces de la ciudad. De mis ganas de guardar ese enero en el bolsillo, de las estrellas reflejadas en la superficie de la pileta cuando el agua estaba quieta. De los bichitos atrapados en la tela mosquitera que veía hasta quedarme dormida. De las luciérnagas haciendo brillar las lomadas. Y mientras todo eso, de fondo escucho la canción de Sui Generis, "todos sabemos que fue un verano descalzo y rubio...".

Este verano vuelvo a San Javier. Con muchos más años encima, sin la pandilla que me acompañaba, con un poco más de certezas y nuevas dudas para echar a sol sobre una loma. Vuelvo con un amor y unas cuantas canciones más para subir a bordo de la guitarra, entre luciérnagas y cigarras cantoras.

martes, 8 de diciembre de 2015

Con todo y abismos


A veces quiero construirme de nuevo. Que me quedaran bien los pantalones, mejorar los modales, escribir con otra letra, dejar de repetirme en los versos. 
Quisiera maquillar tantas imperfecciones y cruzarme a tu vereda para que puedas verme con los primeros ojos, para que entre charla y charla vuelvas a pedirme el teléfono y todo empezara de nuevo. Que no sepas que ronco, que nunca guardo las zapatillas en el placard o que tengo la manía de rastrear, tema por tema, por dónde empezó cada conversación que se fue por las ramas.

Quisiera ser otra, la que cuando te vas a acostar te deja palpitando el beso de la despedida en el auto, el beso del 'por ahora', el del mundo de futuros besos posibles que deja entrever, como por una persiana indiscreta, entre labio y labio. Me gustaría que el halo de misterio que llegaba conmigo en aquellas primeras citas, siguiera acompañándome, poner en todas las fotos mi mejor sonrisa, que no me hubieras visto llorar por tonteras ni por enormes tragedias, que todavía quedara algo por destapar, de ropa o de conciencia.

A veces tengo ganas de un Delorean para volver al tiempo aquel en que yo era la posibilidad más hermosa, cuando deslumbrarte era hacer algo, cualquier cosa, por primera vez. Se me hace un nudo en la garganta, se me aflojan las rodillas y se me cae la nonagésima lágrima al abrir los ojos y ver que no hay auto que me vuelva a ninguna parte y yo sigo siendo la misma chica a la que no le quedan muy bien los pantalones. Me invade una tristeza como de caja de cartas viejas redescubiertas y quemo los barcos de papel que había preparado para largar por la calle en la tormenta.

Pero hay otras veces en que me acuerdo de tu ombligo, que me vuelve como una foto polaroid, y la primera vez que lo vi. Ese día, en ese preciso momento en que yo te miraba el ombligo y apoyaba mi cabeza sobre tu viente, la primera bomba caía en el campo yermo del misterio, y yo cerraba con doble llave una puerta. Nada sería igual desde ese día en adelante. Más bombas caerían. Tu pecho.La parte baja de mi espalda. Eso que hacés cuando todos duermen. Mi forma de mirarte dormir. Tu forma de espiarme sin dormir. Las voces que hago cuando hablo con el gato. Las caras que hacés cuando estás concentrada.Mis desastrosos pasos de baile. La forma en que podés torcer los dedos y la lengua. Las cicatrices y sus historias. Las canciones que sí y las que no. El pánico. El pesimismo. Todas bombas, todos candados y más puertas. Pienso en todas esas cosas irrenunciables y mi mano recorre en el aire tu silueta que me sé tan de memoria. Pienso en la tristeza de no conocer en dónde cierra tu abrazo o cuándo fue que te sentiste libre por primera vez, y me desborda el amor como un tiempo ganado. Cambié misterio por amor, aposté todas las rojas a que despertarme a tu lado todos los días tenía que ser mejor que cualquier momentito de impostada perfección. Me jugué a que el tiempo era mejor hacia adelante, a que había que querer hasta el colmo, como me habían enseñado la escuela y las películas de Medem.
A veces caigo en todo eso. En que para que yo vuelva a ser siempre la del primer día, vos también tenés que ser aquella que no me sé. En que para ser quien todavía no te ha desilusionado, tengo que olvidarme de tu ombligo. Y entonces ya no te quiero nueva. Te prefiero entera, siempre entera, toda, con las arrugas de la almohada en los cachetes, con el sudor que corre todos los maquillajes, con la sonrisa espontánea que no espera ninguna foto. 
Todo esto pienso y dejo que pase la tarde mientras la miro, naranja, por el balcón. Justo antes de que termine de bajar el sol, se me desparraman por la mesa todas las fotos como polaroids de lo que hemos ido siendo y, sin pensarlo mucho, vuelvo a preferirte con todo y abismos. Con los dedos cruzados espero que vos también a mí. Aunque me repita en los versos o no me queden bien los pantalones.


jueves, 3 de diciembre de 2015

Donde ir a recordar



Hace unas semanas estuve en el predio de la ESMA, en Buenos Aires.
La manera más sencilla y concreta de explicar ese lugar es decir que es el Auschwitz argentino: en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) funcionó el centro clandestino de detención más impresionante de aquellos largos años de terrorismo de estado. 
Por allí pasaron alrededor de 5000 personas, la mayoría de las cuales continúan desaparecidas. Ahí nacían niños en cautiverio y eran arrancados de los brazos de sus madres, que se quedaban desnudas y arrodilladas, limpiando la sangre y la placenta, sin poder ni siquiera verlos. Desde allí partían los 'traslados', término que prometía liberación pero que consistía en los macabros 'vuelos de la muerte' en que los cuerpos dormidos y maniatados eran arrojados al Río de la Plata.
En la ESMA nació Juan Cabandié, nieto recuperado al calor de sus abuelos, la familia que le queda. Por allí pasó el cuerpo acribillado del gran Rodolfo Walsh, probablemente el escritor y periodista más valiente que he leído nunca. También allí fueron a dar las monjas francesas Dumont y Duquet, entregadas por Astiz, probablemente el hombre más nefasto del que oí jamás, porque no dudó en infiltrarse fingiendo estar buscando a sus padres, en un grupo de madres que buscaban a sus hijos para entregarlas, silenciarlas, torturarlas, desaparecerlas.

La ESMA tiene las paredes descascaradas por la humedad y en la mayoría de los ambientes reina la penumbra, rara vez interrumpida por alguna luz agregada cuando se convirtió en Sitio de Memoria. Ocurre que desde hace unos años el lugar ha abierto sus puertas al público general y se ha señalizado como uno de los espacios del terror. 

Ayer volví a la "Escuelita de Famaillá", junto con mucha gente, a ver cómo se convertía en otro más de los treinta y pico de sitios de memoria en nuestro país. Famaillá es una localidad chica ubicada uno 30 kilómetros de la capital tucumana. Todos allí saben lo que pasaba la escuela Diego de Rojas y muchos siguieron estudiando estos años en las mismas aulas en donde se torturaba gente. Ya no. 

Este 2015 se cumplieron 40 años de que se llevaran a Maurice y a su compañera un día de julio. Según algunos testimonios fue visto con vida, por última vez, en la Escuelita de Famaillá. Ayer volví a ese lugar y no supe bien a dónde mirar. Pensé en la línea de una vida, con un extremo en la colina de Belleville y el otro ahí, en esa escuela perdida en el sur tucumano. Y en lo que pasó en el medio también. Se me mezcló Baudelaire con la cancha de San Martín y las librería de Corrientes con la calle General Paz, a 3 cuadras de donde vivo hoy.
Pensé mucho en la memoria, en cuál fuera la mejor manera de recordar, y no llegué a nada. Pensé en que estábamos cambiándole el signo a un lugar de espanto, que estábamos regresándolo del silencio para empezar a hablar, ahora a los gritos, de lo que pasó allí. En que podemos sin los huesos, sin saber dónde están, pero no sin la memoria. En que ese es el legado. Y en que, como dice la canción, tarda en llegar y al final, al final...hay recompensa.