miércoles, 13 de enero de 2016

Marcianita y yo

El siguiente texto forma parte de un pequeño compilado que hiciera hace un par de años bajo el nombre de "Marcianita (apuntes de este mundo)", en un rapto de amor y de ganas de contarlo. Hoy me dio por compartirlo, como quizá luego comparta otros de los textos que componían este pequeño librito manufacturado
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Marcianita y yo

Han de saber que hay 6 cuadras, a decir suyo, entre la marcianita y yo.  Digo que es a decir suyo porque yo no sé contar y poco me importa aprenderlo a esta altura de la vida.
Seis cuadras en argentino quieren decir aproximadamente 600 metros, que bajo el sol siempre parecen más y, de su mano, siempre menos. Seis cuadras y un tren de los pocos que todavía pasan por esta ciudad, levantando tierra y haciendo quetrén quetrén entre la marcianita y yo.
El día exacto en que cayó en este planeta, no sabría decirlo, pero estoy segura de que así fue. No podría haber llegado de otra forma más que cayendo brusca y aceleradamente: no sé si ser atolondrados es un atributo marciano pero sí que lo es de ella.
Cayó por aquí y desde entonces los intercambios culturales entre su planeta y el mío han sido cada vez más frecuentes, más sólidos y, perdón por la verdad, caóticamente hermosos.
En años mundanos, la marciana es menor que yo, y eso la hace inmediatamente una marcianita a mis ojos, aunque en su planeta los años se cuenten en otras cosas, como en luces quizá, y tengamos ambas las mismas luces encima.
De sus manos chiquitas he aprendido ciencias y tonteras, secretos de cuna y desastres de gente grande: los marcianos cuentan cosas con el tacto, enseñan de un roce o una caricia, como hace el viento. Yo puse mi cabeza bajo sus manos y cerré los ojos. Cuando desperté había un mundo alborotándose adentro y su eco se me iba al pecho en un tambor que, reconocí, era ahora mi latido.
De mi mundo ella también se deja enseñar. Cruzamos francés con unos cuantos acordes y entre sueño y sueño le cuento que soy clase ’86 para que se ría con estruendo marciano y tiemblen las luces del alumbrado público. Quizá no sea mucho, pero es por mí que sabe algunas cosas de este mundo y las cuida y las siente como propias.
Ella dice que soy su humana preferida. Se rajan como bolillas los planetas, se embotella la Vía Láctea y yo no sé bien qué decir.

 A.J - Diciembre de 2013


Ilustración de Gaby Rubí.