Uno siempre piensa que está solo en una ciudad de solos, que el mundo es una perversa inmensidad hecha de ausencia, como dijera el negro Dolina. Pensamos que hemos matado al amor de varios tiros a quemarropa en la misma esquina aquella en que alguien una noche no apareció, y nos dejó con la flor en el ojal recitando poemas de Neruda. Dijimos entonces que nunca más, que para eso ya no estábamos, que a otro con la cantinela de Calistos y Melibeas. Brindamos en los bares con los amigos por nunca más entregar el corazón, y por que los ingratos se mueran en manos de brujas y ogros impíos. Nos fuimos a dormir felices de una cama sólo para nosotros y otros fueron los placeres y la soledad fue el bálsamo del amor propio. Uno siempre piensa que todo está dicho o que aquella fue la última palabra. Sin quererlo, y con el secreto deseo de errar por una centena la lotería del desamor, uno siempre cree que ha perdido para toda la vida el último tren. Pero como esas que proyectaban en el Cinema Paradiso, cuando llega la pantalla negra de 'Fin', algo pasa, como un cimbronazo en plena noche de verano, y la película comienza a quemarse por los bordes, se deshace, el cielo se abre en lluvia y va a dar a tu boca abierta. Algo pasa que uno pierde el control de las rodillas y un sudor torpe le moja las palmas de las manos. Uno quiere decir algo inteligente como citar a Barthes, o no decir algo tan tonto, como que en el karaoke le gusta cantar una de Vilma Palma y los Vampiros. Uno quiere de pronto ser otro, estar recién bañado, tener puesto otro par de calzados y, por qué, otra ropa interior, que no le hubiera agarrado todo tan de imprevisto, sin darle tiempo a perfumarse y pensar una frase de knock-out que no dejara lugar a la duda. Y se le olvidan los brindis con amigos, el idiota del plantón en la esquina, las historias del siglo de oro o la canción desesperada. Se le pasa la verdad de que se está solo en el universo y de que todo esfuerzo por intentar lo contrario está destinado a fracasar. Algo pasa y, sin pensarlo dos veces, volvemos a poner por garantía el corazón. Y a veces ocurre que pasa mucho tiempo y sigue intacto, allá en su mano, el cofre que le marca el norte y el ritmo, cuando el tonto se nos quiere rezagar.
“Au milieu de l'hiver, j'ai découvert en moi un invincible été" (A. Camus)
No queda sitio donde esconderse. Los lugares donde hemos sido felices se pueblan de kamikazes y odio, de bombas más repudiables que otras, de desmemoria, de más chicos en las playas, de más jóvenes encerrados sin salir a tomar unos tragos en la terraza. Yo no sé. Una amiga me cuenta que sus pies la llevan, sin que ella pueda evitarlo, a la casa donde vivió con su pareja, aunque ahora otro sea su hogar.Y es que el cuerpo no se acostumbra a andar como bola sin manija, necesitamos vivir en nuestro elemento, si no, algo se quiebra y boqueamos como pescados al aire libre. Hoy no queda sitio a dónde ir. El mundo se ha vuelto un lugar ancho y oscuro, ajeno. Corren vientos de agua y una tan sin techo. A veces asusta llegar a casa y que ni el gato nos reconozca, o mirarse las manos y notar que ya no es una quien las mueve. Pienso en las máquinas del tiempo, esas cajas que, de chicos, llenábamos de cosas valiosas (una carta, un juguete querido, figuritas, chocolates, una flor) y enterrábamos en el jardín de atrás para cuidarlas de los años. Habría que hacer máquinas del tiempo para abrazar lo que tenemos y desenterrarlo algún día, cuando pase la intemperie. En la intemperie, en esta segunda adolescencia, me da por meter la cabeza en un libro o enchufarme auriculares que me dejan sorda. Escribo hasta en las paredes y mientras camino veo las palabras engancharse sobre un fondo negro. Nunca he podido sufrir en silencio, siempre intento manotazos de ahogado que me salven y me dejen otra vez segura en la tierra. Me doy al amor, a los detalles que rajan la tela oscura de la rutina. Sueño contra su espalda, llanura del sur, paisaje que desarma.Quisiera sentirme en el mundo tan segura como me siento en su abrazo, que ningún ojo juzgue mi mano en la suya, que los desmaravilladores no tengan que volver a aguarnos la fiesta. Con todo, la intemperie no va a vencerme. Las ciudades con las que soñé han cambiado pero yo no, tengo guardada en los cajones de la memoria lo necesario para hacerlas aparecer. Me han educado en la verdad y en la memoria, en eso de que la única lucha que se pierde es la que se abandona, y tengo su foto de pasaporte como amuleto. No me han vencido: he pasado años haciéndome fuerte, ahora es cuando toca gastar las suelas pero no para correr, sino para aguantar de pie. No voy a desprenderme de nada de lo que me hace libre, esta sensibilidad que me hace lloriquear por los rincones va a ser la que me salve del naufragio y no voy a salvarme sola: conmigo vendrán todos los llorones sin asilo, como yo. Pasará la intemperie y no habrá quién me quite el sol de la mirada.
Mis bisabuelos llegaron de Polonia, más concretamente de unos pueblitos que entonces formaban parte de Bielorrusia, a instalarse en París. Mi abuelo nació en el barrio de Belleville, un barrio de judíos zapateros y sastres, en una villard, esas propiedades horizontales con varias casitas unidas por un pasillo en donde se amontonaban primos. Con la guerra, a mi bisabuelo le tocó ir al frente, y a mi bisabuela quedarse en casa cruzando los dedos y cuidando a su hijo. Pero empezaron las pesquisas nazis y mi bisabuela entendió que tenían que irse de la ciudad antes de que volvieran a tocarles la puerta. Terminaron en el campo, en una granja de una familia cristiana que escondía hijos ajenos y daba trabajo a madres judías.
París es para mí ese pedazo de historia que pude recoger sólo cuando más de 50 años después puse el pie en la calle de aquel barrio de Belleville donde mi abuelo pasó la niñez y empezó a convertirse en el tipo que fue y que yo no pude conocer. La primera vez que me paré frente al Sena, sobre el Pont des Arts donde arranca la historia de Oliveira y La Maga, empecé a llorar en silencio, gota por gota, por todas las almohadas que me atajaron el llanto en tantos años que me pasé soñando ese momento. Lloré por Baudelaire, por Paul Éluard, por Prévert, por la Piaf, por Aznavour, porque me hacía acordar al tango, por la libertad guiando al pueblo, por Los Miserables, por enamorarme, por mi abuelo que se murió sin volver a verla, por mi papá que se sabía el 'caracol' de memoria, porque es todo tan fugaz, por no haberte conocido aun, por una lengua que todavía se me escapaba, por Camus, porque estaba sola en la ciudad más hermosa del mundo. En estos días, leyendo las miles y miles de cosas escritas sobre los atentados del viernes, volví a acordarme de todo eso. Alguien dibujó una panorámica de la ciudad desde el Sacre-Coeur, en blanco y negro, atravesada por un hilo rojo tiñendo calles y edificios. Me dio pena la ciudad más hermosa del mundo como debió darle pena a mi bisabuela cuando tuvo que huir. Todo se apagó y la muerte venció a la imaginación. Francia pierde y perdemos todos como ocurre cada vez que se matan inocentes, cada vez que cae una bomba en Siria porque un par de locos, ellos sí, sin nada que perder, dan una orden. El país de los derechos humanos hace rato que ha dejado de ser tal, no guía al pueblo la libertad sino la codicia, y la cuna de la cultura occidental se funde con la cultura más chata y artificial de América. Además de la literatura, las artes, los librepensadores y la ciudad más hermosa del mundo, Francia nos deja armas y métodos de tortura, como aquellos que probaron en Argel y que nuestros militares argentinos tuvieron a bien adoptar sobre más de 30.000 personas en el mayor genocidio de este joven país. Albert Camus, uno de los franceses que me enamoraron de Francia, escribió una vez:
"Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría" Le decían y se equivocaban, como se siguen equivocando hoy. Él lo sabía, yo lo sé, y muchos franceses también lo saben. Como en las películas, que siempre se ambientan en París, ojalá que triunfe por una puta vez el amor.
Desde hace mucho tiempo distintos individuos de los más variados círculos, me han criticado cierta injustificada fe en las cosas del azar, este espíritu supersticioso mío que no se corresponde con otros aspectos de mi extraña personalidad. Se me ha dicho algo así como que qué hago yo creyendo tanto en la suerte, yo que siempre he defendido mi gusto por el mundo de las ideas y la filosofía; yo, que profeso mi total y completo ateísmo; yo y mi formación humanística, mi amor por el ordenado sistema lingüístico español, mi afición por la literatura de Poe. Pero no hay manera de explicarlo: creo en la suerte, la buena y la mala. Creo en eso de "no tentar a la suerte" y creo en eso otro de "ayudarla" para que se vuelque hacia nuestro lado. El azar me parece otro más de los complejos sistemas que componen el mundo de los hombres, con la particularidad de que este está gobernado por el más absoluto caos. Porque, aunque con el sudor de nuestra frente nos hayamos hecho merecedores del mejor de los mundos posibles pasa, a veces, que sólo hay brócoli para cenar, o que ella o él ha nos dice finalmente que nos dejará por un zombie que lee a Naroski, o que el jefe ha decidido prescindir de nuestros servicios ¿De quién es la culpa? Nuestra, ciertamente, no. Puede que hayamos olvidado proveer esa heladera, o que hayamos descuidado el amor mirando demasiada televisión o incluso cabe la posibilidad de que aquel informe no entregado en tiempo y forma haya sido el problema. De acuerdo, todo eso puede ser. Pero las malas noticias antes mencionadas no han sido sólo producto de un descuido. Hace falta una buena porción de mala, malísima, suerte para que todo se derrumbe así. Es la mala racha, hermano, la misma que escribía Galeano, la nube negra de Sabina y el Subcomandante, la adversa diosa fortuna a la que tanto temían los antiguos romanos. Tan mala es, tan mala, que trae consigo el efecto imán: aparece y, como si no bastara con eso, comienza a propagarse tomando cada vez más rincones de la magullada vida de uno. Una especie de metástasis sobre nuestros espacios más vitales, corroyendo cada célula hasta convertirla en transmisora de infortunio. Los días se vuelven, entonces, sucesivos partidos de truco plagados de malas manos, de irse al maso, de volver a casa con la cola entre las patas y sin un mango. La mala suerte arrastra con tu laburo y tus proyectos profesionales, te seca la inspiración artística, se come a tus viejos amigos detrás de alguna pelea de nada, regala el campeonato a la barra contraria, y trae otra vez al fantasma del neoliberalismo a sentarse en la silla presidencial. Los supersticiosos sabemos que una cosa es intentar no atraerla (para lo que evitamos pasar la sal de mano en mano o andar por debajo de escaleras), y otra muy distinta, pretender que se vaya una vez que ya está instalada. Cuando eso pasa, liberen otra vez a los gatos negros porque no hay con qué darle. Por muy buena hija y amante esposa que una sea, por tan buena ortografía y tanta prolijidad que una tenga, y aún a pesar del racionalismo que nos atraviesa como seres humanos y darwinistas que somos, la mala suerte se queda y no es joda. La suerte sólo se va con más suerte: hace falta un enorme golpe de suerte, de la buena, para desterrar tanta mala pata. El equilibrio inicial de suerte 0, que es el estado general de una vida promedio, sólo se consigue con una avalancha de suerte buena, toda junta, ruidosa y contundente. Si la vida fuera un partido de truco necesitaríamos un 33 de mano. Y cantar el envido más poderoso. La buena suerte tiene que llegar como las cartas, de golpe, y una tiene que poder reconocerla a la primera, como a una amiga vieja, sonreír con mueca que no adelante la próxima jugada y dejarse abrazar por tan inexplicable regalo.
La primera vez que me caí y me rompí la frente fue a eso de las 3 de la tarde, hora dormida en que mis padres se habían entregado a Morfeo rendidos a mis piecitos inquietos. Yo tenía 2 años cuando ese golpe de punta de taburete me dejó un par de puntos y la extraña certeza de que las siestas en mi vida habrían de marcarme algo más que la frente. Ocurre que las siestas que vivo tienen siempre un agujero por donde caigo, en el suelo o en el tiempo, y todos los días a esas horas entre el fin del almuerzo y la hora de la merienda vuelvo a tener esos 2 años inquietos que quieren asir el mundo. Caer por el agujero de la siesta siempre trae algo para contar.