jueves, 3 de diciembre de 2015
Donde ir a recordar
Hace unas semanas estuve en el predio de la ESMA, en Buenos Aires.
La manera más sencilla y concreta de explicar ese lugar es decir que es el Auschwitz argentino: en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) funcionó el centro clandestino de detención más impresionante de aquellos largos años de terrorismo de estado.
Por allí pasaron alrededor de 5000 personas, la mayoría de las cuales continúan desaparecidas. Ahí nacían niños en cautiverio y eran arrancados de los brazos de sus madres, que se quedaban desnudas y arrodilladas, limpiando la sangre y la placenta, sin poder ni siquiera verlos. Desde allí partían los 'traslados', término que prometía liberación pero que consistía en los macabros 'vuelos de la muerte' en que los cuerpos dormidos y maniatados eran arrojados al Río de la Plata.
En la ESMA nació Juan Cabandié, nieto recuperado al calor de sus abuelos, la familia que le queda. Por allí pasó el cuerpo acribillado del gran Rodolfo Walsh, probablemente el escritor y periodista más valiente que he leído nunca. También allí fueron a dar las monjas francesas Dumont y Duquet, entregadas por Astiz, probablemente el hombre más nefasto del que oí jamás, porque no dudó en infiltrarse fingiendo estar buscando a sus padres, en un grupo de madres que buscaban a sus hijos para entregarlas, silenciarlas, torturarlas, desaparecerlas.
La ESMA tiene las paredes descascaradas por la humedad y en la mayoría de los ambientes reina la penumbra, rara vez interrumpida por alguna luz agregada cuando se convirtió en Sitio de Memoria. Ocurre que desde hace unos años el lugar ha abierto sus puertas al público general y se ha señalizado como uno de los espacios del terror.
Ayer volví a la "Escuelita de Famaillá", junto con mucha gente, a ver cómo se convertía en otro más de los treinta y pico de sitios de memoria en nuestro país. Famaillá es una localidad chica ubicada uno 30 kilómetros de la capital tucumana. Todos allí saben lo que pasaba la escuela Diego de Rojas y muchos siguieron estudiando estos años en las mismas aulas en donde se torturaba gente. Ya no.
Este 2015 se cumplieron 40 años de que se llevaran a Maurice y a su compañera un día de julio. Según algunos testimonios fue visto con vida, por última vez, en la Escuelita de Famaillá. Ayer volví a ese lugar y no supe bien a dónde mirar. Pensé en la línea de una vida, con un extremo en la colina de Belleville y el otro ahí, en esa escuela perdida en el sur tucumano. Y en lo que pasó en el medio también. Se me mezcló Baudelaire con la cancha de San Martín y las librería de Corrientes con la calle General Paz, a 3 cuadras de donde vivo hoy.
Pensé mucho en la memoria, en cuál fuera la mejor manera de recordar, y no llegué a nada. Pensé en que estábamos cambiándole el signo a un lugar de espanto, que estábamos regresándolo del silencio para empezar a hablar, ahora a los gritos, de lo que pasó allí. En que podemos sin los huesos, sin saber dónde están, pero no sin la memoria. En que ese es el legado. Y en que, como dice la canción, tarda en llegar y al final, al final...hay recompensa.
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La memoria de los que no están, parece un sinsentido, porque están, cada vez más. La memoria del horror, la mejor manera de recordar: nunca más, que cada uno tenga en la memoria siempre nunca más.
ResponderEliminarOjalá, Carlos. Nuestro recuerdo los trae de vuelta. No vamos a dejar que esto vuelva a pasar, por ellos, por nosotros y por los que vendrán.
EliminarQué fuerte me parece leer algo así y que pertenezca a una historia tan relativamente reciente. Se me pone la piel de gallina.
ResponderEliminarNo sé qué le pasará al ser humano en cuestiones de odio, que superando con creces al amor, sea capaz de cometer tanta barbarie.
Me asusta eso; más que cualquier otra cosa, que uno de repente, no sé cómo ni porqué, se vuelva un carnicero con sus semejantes, por una miserable idea política.
La memoria tiene que perdurar, a ser posible (es muy difícil, lo entiendo) sin rencor, que es el paso previo al odio. Aunque solo sea para no volvernos como ellos, los asesinos.
Qué atroz. Me quedo helada.
Sí, es una historia muy reciente, lo cual quizá demuestre que el ser humano ha sido capaz de atrocidades desde tiempos remotos y aun hoy sigue cometiéndolas. Como género, los humanos, no hemos aprendido nada, la Historia no nos ha enseñado nada.
EliminarPara ser justos con todos, hay que decir también que no somos todos iguales y que tener bien puestas las convicciones políticas no se traduce en crueldad, muerte y animalidad en todo el mundo.
Es cierto que el rencor no lleva a nada. Creo que la lucha que se ha asumido (que me enseñaron y que aprendí también por mi cuenta) es una lucha alegre. Al fin y al cabo, estar aquí reivindicando la memoria de los que no están es sacarle un poco la lengua a ese plan sistemático de eliminación de unas gentes y de unas ideas que, a la vista está, salió mal.
El rencor no sirve, es cierto. Jamás he visto una manifestación más pacífica que las de unas madres dando vueltas a una plaza. El moto es la justicia: el rencor probablemente nos haría pedir que se les someta a lo mismo que ellos sometieron a los nuestros. La justicia nos hace pedir que sean juzgados, como ellos no han querido juzgar a nadie y que se aplique sobre ellos la pena que el Estado decida. Afortunadamente, se ha avanzado mucho en eso (que estuvo parado por tantos años post-dictadura) y muchos genocidas han ido a juicio y están presos. Afortunadamente también se van encontrando 119 nietos, y eso también es un paso más para el lado de la justicia.
A lo que voy, creo que más que rencor es pena lo que les tengo. Y el deseo de que se haga justicia: aunque se estén muriendo de viejos en casas lujosas, aunque nunca vayan a romper sus pactos de silencio y decirnos dónde los han tirado, aunque no vayamos a poder enterrarlos y honrar así su memoria. La honramos con justicia. No hay otro camino posible.
Lo que pasó en la ESMA y en todos los centros clandestinos del país, fue parte de un plan de exterminio. Todo está escrito, todo está documentado. Hasta eso se ha llegado. Y hay quienes aún lo justifican. Realmente, no hemos aprendido nada.