lunes, 16 de noviembre de 2015

¿Siempre nos quedará París?


Mis bisabuelos llegaron de Polonia, más concretamente de unos pueblitos que entonces formaban parte de Bielorrusia, a instalarse en París. Mi abuelo nació en el barrio de Belleville, un barrio de judíos zapateros y sastres, en una villard, esas propiedades horizontales con varias casitas unidas por un pasillo en donde se amontonaban primos.
Con la guerra, a mi bisabuelo le tocó ir al frente, y a mi bisabuela quedarse en casa cruzando los dedos y cuidando a su hijo. Pero empezaron las pesquisas nazis y mi bisabuela entendió que tenían que irse de la ciudad antes de que volvieran a tocarles la puerta. Terminaron en el campo, en una granja de una familia cristiana que escondía hijos ajenos y daba trabajo a madres judías.

París es para mí ese pedazo de historia que pude recoger sólo cuando más de 50 años después puse el pie en la calle de aquel barrio de Belleville donde mi abuelo pasó la niñez y empezó a convertirse en el tipo que fue y que yo no pude conocer. 
La primera vez que me paré frente al Sena, sobre el Pont des Arts donde arranca la historia de Oliveira y La Maga, empecé a llorar en silencio, gota por gota, por todas las almohadas que me atajaron el llanto en tantos años que me pasé soñando ese momento. Lloré por Baudelaire, por Paul Éluard, por Prévert, por la Piaf, por Aznavour, porque me hacía acordar al tango, por la libertad guiando al pueblo, por Los Miserables, por enamorarme, por mi abuelo que se murió sin volver a verla, por mi papá que se sabía el 'caracol' de memoria, porque es todo tan fugaz, por no haberte conocido aun, por una lengua que todavía se me escapaba, por Camus, porque estaba sola en la ciudad más hermosa del mundo.

En estos días, leyendo las miles y miles de cosas escritas sobre los atentados del viernes, volví a acordarme de todo eso. Alguien dibujó una panorámica de la ciudad desde el Sacre-Coeur, en blanco y negro, atravesada por un hilo rojo tiñendo calles y edificios. 
Me dio pena la ciudad más hermosa del mundo como debió darle pena a mi bisabuela cuando tuvo que huir. 
Todo se apagó y la muerte venció a la imaginación. Francia pierde y perdemos todos como ocurre cada vez que se matan inocentes, cada vez que cae una bomba en Siria porque un par de locos, ellos sí, sin nada que perder, dan una orden. El país de los derechos humanos hace rato que ha dejado de ser tal, no guía al pueblo la libertad sino la codicia, y la cuna de la cultura occidental se funde con la cultura más chata y artificial de América. Además de la literatura, las artes, los librepensadores y la ciudad más hermosa del mundo, Francia nos deja armas y métodos de tortura, como aquellos que probaron en Argel y que nuestros militares argentinos tuvieron a bien adoptar sobre más de 30.000 personas en el mayor genocidio de este joven país.

Albert Camus, uno de los franceses que me enamoraron de Francia, escribió una vez:

"Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría" 

Le decían y se equivocaban, como se siguen equivocando hoy. Él lo sabía, yo lo sé, y muchos franceses también lo saben.
Como en las películas, que siempre se ambientan en París, ojalá que triunfe por una puta vez el amor.

7 comentarios:

  1. Estoy leyendo esto con Pati, en la consulta del médico. Yo con la piel de gallina y ella, flipando.
    Luego te escribo sobre París, Camus y el Sena.

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    1. Bien, ya de tranquis.
      En primer lugar, y como te iba diciendo por otra vía (que me tienes colapsada) ante todo, tranquilidad. Hay que tomar aire y dejar pasar unos días, que las acciones en caliente no conducen a nada.
      No es un tema que se pueda hablar abiertamente y menos en público, así que tendrás que venirte unos días para que lo charlemos con siete cafeteras.

      Tu historia familiar ya la conozco y me emociona, y más cosas que no cuentas y que pertenecen al mundo de la magia y el casualicismo. Y de París, como ciudad, como historia, como su callejear, no puedo añadir más, me encanta, me enamora, me apetece, me embriga.

      Bueno, como no paras de wasapearme, ya te escribiré en otro momento... la madre que te parió!

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    2. De todo lo que dijiste, vayamos a lo más importante: la charla con siete cafeteras. Sin poner fecha por prudencia, puedo asegurarte que ocurrirá como ocurrió finalmente el abrazo por tantos años aplazado en la estación de Francia aquel invierno.
      Y hablando de Francia, quizá el conocer el resto de la historia te da una mejor panorámica de lo que siento, tanto sentimiento encontrado, ahora que arde París. Cuando conocí a mi bisabuela, de la que aquí hablo aquí, tenía muchísimos años y llegamos a compartir algunas cosas juntas, como un año nuevo en Buenos Aires. Mis hermanos y yo éramos unos nenes todavía que querían ver las luces en el cielo desde el patio. Cuando dieron las doce se puso muy nerviosa y nos pidió por favor que entráramos. Tenía terror a los fuegos artificiales, le recordaban a las bombas y sólo pensaba en cuidar a los chicos. Ojalá ninguna otra bisabuela tenga que confundir el ruido de los fuegos artificiales con las bombas de una guerra. Ojalá de verdad nos quede París y tantas otras ciudades donde refugiarnos con arte, cultura y un buen vino.

      (Viste? Estoy tranqui!!...sobreviviré, te lo prometo!)

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    3. Me parece que lo único bueno de las guerras, por decir algo positivo en esa insistencia por sobrevivir y superar, son las historias que les puedas contar a tus nietos.
      Mi abuela, que vivió de pleno la Guerra Civil Española, tenía unas cuantas que nosotras insistíamos en que nos contara una y otra vez. Como estar ante una gran pantalla de cine, pero con la emoción de la realidad.

      ¡Marchando siete cafeteras!

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  2. Te leo hace días y, con tu permiso, voy a quedarme por aquí. Me encantaron tus escritos, que además de ser sinceros tienen esa melancolía que jamás desprecio. Aparte citás a tan queribles franceses, en especial a Camus haciéndole sombra a esa línea-verso de Dylan en Blowin' in the wind...

    "El agujero de la siesta" me hizo volver a leer el homenaje de la Orozco a la Pizarnik:

    Pequeña centinela
    Caes una vez más por la ranura de la noche
    Sin más armas que los ojos abiertos...

    http://www.elortiba.org/pizarnik.html

    Prueba, creo, de que me ha encantado tu prosa. Hasta pronto.

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    1. Bueno, Carlos, si algo de todo esto te hace pensar en Olga Orozco o la Pizanik, bienvenido seas por aquí! El permiso de entrada y permanencia es para todo el que pueda sacar algo de estas lecturas y dejar, a cambio, algo suyo que me haga pensar, o reírme o seguir llorando (nótese que uso el verbo 'seguir', porque es a veces un estado permanente). En fin, sirve todo lo que despierte otras cosas nuevas, que para eso también escribe una.
      Efectivamente el verso de Camus que compartí tiene ecos de Dylan en esa canción, supongo que porque comparten un espíritu humanista que no prima entre la gran mayoría de la humanidad, aquella que hace la guerra por la paz.
      Pasá y ponete cómodo, aquí hay melancolía para tirar al techo. En dosis pequeñas no hace mal, fija, te lo digo yo, ja.

      Hasta pronto

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    2. Sin sentimientos intensos (bordeando lo extremo) es imposible escribir de puta madre.

      Lo sepas, morocha.

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