jueves, 12 de noviembre de 2015

33 de mano


Desde hace mucho tiempo distintos individuos de los más variados círculos, me han criticado cierta injustificada fe en las cosas del azar, este espíritu supersticioso mío que no se corresponde con otros aspectos de mi extraña personalidad. Se me ha dicho algo así como que qué hago yo creyendo tanto en la suerte, yo que siempre he defendido mi gusto por el mundo de las ideas y la filosofía; yo, que profeso mi total y completo ateísmo; yo y mi formación humanística, mi amor por el ordenado sistema lingüístico español, mi afición por la literatura de Poe.

Pero no hay manera de explicarlo: creo en la suerte, la buena y la mala. Creo en eso de "no tentar a la suerte" y creo en eso otro de "ayudarla" para que se vuelque hacia nuestro lado. El azar me parece otro más de los complejos sistemas que componen el mundo de los hombres, con la particularidad de que este está gobernado por el más absoluto caos. Porque, aunque con el sudor de nuestra frente nos hayamos hecho merecedores del mejor de los mundos posibles pasa, a veces, que sólo hay brócoli para cenar, o que ella o él ha nos dice finalmente que nos dejará por un zombie que lee a Naroski, o que el jefe ha decidido prescindir de nuestros servicios ¿De quién es la culpa? 
Nuestra, ciertamente, no. Puede que hayamos olvidado proveer esa heladera, o que hayamos descuidado el amor mirando demasiada televisión o incluso cabe la posibilidad de que aquel informe no entregado en tiempo y forma haya sido el problema. De acuerdo, todo eso puede ser. Pero las malas noticias antes mencionadas no han sido sólo producto de un descuido. Hace falta una buena porción de mala, malísima, suerte para que todo se derrumbe así.

Es la mala racha, hermano, la misma que escribía Galeano, la nube negra de Sabina y el Subcomandante, la adversa diosa fortuna a la que tanto temían los antiguos romanos.
Tan mala es, tan mala, que trae consigo el efecto imán: aparece y, como si no bastara con eso, comienza a propagarse tomando cada vez más rincones de la magullada vida de uno. Una especie de metástasis sobre nuestros espacios más vitales, corroyendo cada célula hasta convertirla en transmisora de infortunio. 
Los días se vuelven, entonces, sucesivos partidos de truco plagados de malas manos, de irse al maso, de volver a casa con la cola entre las patas y sin un mango.
La mala suerte arrastra con tu laburo y tus proyectos profesionales, te seca la inspiración artística, se come a tus viejos amigos detrás de alguna pelea de nada, regala el campeonato a la barra contraria, y trae otra vez al fantasma del neoliberalismo a sentarse en la silla presidencial.
Los supersticiosos sabemos que una cosa es intentar no atraerla (para lo que evitamos pasar la sal de mano en mano o andar por debajo de escaleras), y otra muy distinta, pretender que se vaya una vez que ya está instalada. Cuando eso pasa, liberen otra vez a los gatos negros porque no hay con qué darle. Por muy buena hija y amante esposa que una sea, por tan buena ortografía y tanta prolijidad que una tenga, y aún a pesar del racionalismo que nos atraviesa como seres humanos y darwinistas que somos, la mala suerte se queda y no es joda. La suerte sólo se va con más suerte: hace falta un enorme golpe de suerte, de la buena, para desterrar tanta mala pata.
El equilibrio inicial de suerte 0, que es el estado general de una vida promedio, sólo se consigue con una avalancha de suerte buena, toda junta, ruidosa y contundente.

Si la vida fuera un partido de truco necesitaríamos un 33 de mano. Y cantar el envido más poderoso. 
La buena suerte tiene que llegar como las cartas, de golpe, y una tiene que poder reconocerla a la primera, como a una amiga vieja, sonreír con mueca que no adelante la próxima jugada y dejarse abrazar por tan inexplicable regalo.



2 comentarios:

  1. Esta eres tú tal y como te veía hace una década que serías diez años después.
    La suerte existe como existe en el "casualicismo".
    Verás... Te voy a hablar del 33 de mano.

    Como sabrás el mundo en el que vivimos, el planeta Tierra para ser más exactos, es inmenso. En él conviven (malviven, sobreviven) unos miles de millones de personas (personajes, personitas) y suelen hacerlo en terrenos acotados, por fronteras, banderas y sentencias.
    Uno camina. Por ese rumbo que más o menos a todos nos han marcado. Uno camina y a veces -las más- ni se fija en lo que queda en los bordes.

    Pero llega un día, la suerte, vestida de lo que se te antoje, de carta, de minuto, de canción o de cometa, y por un cúmulo de circunstancias que la envuelven (o a las que envuelve) te pone en tu carretera a una amiga, o a una hija, o a un gato. Que antes de ella (de la suerte) estaban a miles y miles de kilómetros de ti. Y os cruza, os planta una frente a la otra, os da una oportunidad, os presenta. Y luego, tras la magia, en la mano de cada cual está el saber hacer de ello, toda una historia.

    Me entiendes.
    Así ha sido mi suerte.

    Te lo dije hace más de una década. No dejes nunca de escribir. Esa sí que es tu suerte.

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  2. Doy fe de que la tuya es una suerte de 33 de mano, sin duda. Y una suerte trae suerte a los que conocemos la historia.
    Sucede con los 'casualicistas' que no necesitamos grandes cifras ni sesudos razonamientos para contagiarnos de buena vibra: la suerte ajena nos salpica y nos hace creer y esperar.
    Creo profundamente en esta suerte que nos atraviesa y nos hace durar a lo largo de los años. Y creo que escribir es mi manera de no perder la buena estrella.
    Gracias por compartirlo conmigo

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